Beirut – Largo camino a los pozos bonitos

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Saint George Maronite CathedralLa estrella de mis vacaciones en el Medio Oriente en el 2004 fue sin duda Siria. Pero la aventura más emocionante incluye a Beirut, la capital de Líbano, un país vecino y la carretera que une a sus dos capitales. Para empezar hay que decir que no fui solo. Conmigo estaba una chica húngara que conocí en Noruega un año antes. Al final resultó que viajar con ella no fue una buena idea, pero empecemos por el principio.

Llegar a Beirut desde Damasco es toda una aventura. En el 2004 no había mucha información en Internet y los blogs de viajes casi ni existían, así que nos fuimos a la oficina de turismo. Un lugar épico: varias señoras muy bien vestidas y completamente arregladas pulían sus uñas, mirándonos como si no entendieran que hacíamos ahí. Nos explicaron que en Damasco había varias estaciones de autobús, y que cambiaban de sitio  de vez en cuando. Básicamente, no sabían decirnos desde donde salían los autobuses. Estábamos decididos a llegar al Líbano, así que nos fuimos a preguntar por la calle. Después de una hora finalmente estábamos en el autobús, llenos de emoción.

En aquel momento todo turista necesitaba visado para el Líbano, siendo posible obtener una de 48 horas en la frontera. Lo habíamos planeado desde el principio, antes de viajar obtuvimos el visado sirio de dos entradas. Lo que no nos esperábamos es que no permitían la entrada de mujeres jóvenes de Europa del Este no acompañadas (de marido o hermano, ¡amigos no cuentan!). La policía fronteriza no perdió mucho tiempo con nosotros, pararon una pequeña furgoneta, nos metieron dentro y ordenaron al conductor que nos llevara de regreso a Damasco. Me olvidé de un pequeño detalle:  mi amiga entró en pánico, y empezó a llorar y gritarme arañándome la cara delante de un montón de hombres árabes mirándonos sorprendidos, una mujer pegándole a un hombre!

Llegamos rápido a la frontera siria. Nos esperaba otra sorpresa: yo no podía volver a Siria porque tenía sello de entrada del Líbano, pero no sello de salida. Más relajada, mi amiga me convenció a volver y llegar hasta Beirut. Me prometió cuidarse, nos reuniríamos de nuevo en 2 días en Damasco. Aquí es donde comienza la segunda parte de la aventura.

Era casi el final de nuestras vacaciones y  llevaba unos pocos dólares en mi bolsillo. Mi amiga me debía dinero, tuvo muchos problemas para sacar efectivo de cajeros automáticos. Otro detalle importante es el entorno. Los dos puestos fronterizos están a 5 km de distancia en el medio del desierto. Suerte que era casi invierno, así que no hacía  demasiado calor. Sin billete de autobús y con 10 dólares: Autostop ¿por qué no?

El billete de autobús Damasco-Beirut costaba 3 dólares y ya estaba a la mitad del camino. Sin embargo, los coches que paraban me pedían 50 dólares. De repente, un hombre detiene su coche y me dice que entre. Sabía que me pediría dinero, pero entré de todos modos. Tan pronto como llegamos a la frontera libanesa salté del coche y corriendo mostré mi pasaporte. El policía fronterizo ni siquiera me miró, ¡estaba demasiado ocupado buscando contrabandistas!

A menos de un kilómetro de distancia encontré mi segunda base para hacer autostop. De nuevo se paró un conductor invitándome dentro, diciendo que no era un taxi. En el medio del camino empezó a gritarme que le diera algo de dinero, debía huir pronto. Así que llegados al primer pueblo salí y le dije que no tenía dinero. Insistió, pero pronto se dio cuenta que no me sacaría ni un centavo. Otra vez autostop, pero nadie se detuvo. Afortunadamente, conseguí una furgoneta que por 3 dólares me llevaría a  Beirut.

El último tramo del camino se presentaba agradable hasta que al entrar a Beirut nuestra furgoneta prácticamente destrozó el coche que iba delante de nosotros. Por suerte nadie resultó herido y nuestro coche funcionaba! Todo el mundo gritaba y así seguimos, como si no ocurriera nada. Finalmente, ahí estaba: ¡Beirut! Después de 8 horas de viaje (en lugar de 3) con unos pocos dólares en el bolsillo y sin lugar para quedarme. Había leído en un Lonely Planet que llevaba mi amiga sobre un edificio alto en el centro de la ciudad lleno de albergues. No tuve problemas para encontrarlo pero si para negociar una habitación privada y cena por 5 dólares. Estaba demasiado cansado y quería dormir solo.

Por fin tuve la oportunidad de ver la hermosa Perla del Mediterráneo. De repente, todo era diferente. El patrimonio histórico generosamente reconstruido se mezcla con oficinas de gran altura ultramodernas rodeado de espacios públicos lujosamente equipados. Cientos de iglesias, mezquitas y sinagogas de diferentes denominaciones están juntos y hablan del rico pasado multicultural de Beirut. Entré a todas: griega ortodoxa, griega católica, armenia ortodoxa, armenia católica, diferentes iglesias protestantes; Mezquitas sunitas y chiitas. Todas diferentes, pero iguales. Me gustó mucho escuchar diferentes interpretaciones de vida: se aprovechan de las diferencias para dividir y no unir gente.

Pasé un día y medio en Beirut, perdiéndome por la hermosa ciudad vieja, explorando sus calles empedradas rodeadas de edificios de piedra con columnatas. Era un fin de semana con muy pocos turistas, así que tuve toda la ciudad para mí solo. A diferencia del lujoso centro de la ciudad, la estación de autobuses apestaba llena de basura. Me sentí como si ya hubiera vuelto a Siria. El camino de regreso fue mucho más tranquilo, aunque paramos unas diez veces para que la gente fume y obviamente en la frontera a buscar contrabando. Sí, contrabando a ambos lados, pero ese es un tema para otro texto.

Tuve la suerte de visitar Beirut antes que empezara toda esta locura en su vecino Siria. ¡Qué contraste! Lo que si tienen en común es su carácter temperamental, la pasión que utilizan para comunicarse. Lo amaba y odiaba a la vez! Difíciles de explicar, pero algo es seguro, tengo que volver a Beirut y tener una experiencia más profunda.

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