Siria: No queda nada. Alepo, Palmira y Damasco

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Uno de los viajes que marcaron mi vida fueron tres semanas de vacaciones en el Medio Oriente en el 2004. Fue mi primera vez fuera de Europa, y resultó ser un sorprendente viaje lleno de aventuras. El hecho de que la mayoría de los lugares que visité ya no existen, hace que valore mi experiencia aún más. Hoy Siria se enfrenta a uno de sus momentos más difíciles, y tal vez esta historia puede dar una idea de los antecedentes del conflicto actual.

El día que entré en Siria me di cuenta que era un lugar distinto. Me lo imaginaba diferente de los lugares que había visitado antes, pero no hasta tal punto. El puesto fronterizo, un edificio de hormigón grande, se llenó de gente sin ninguna orden y literalmente tuve que luchar para obtener el sello de entrada. Cuando por fin lo conseguí, tuve que volver al parking improvisado extenso donde me di cuenta que mi autobús no estaba allí. Nos pusieron a los extranjeros, un pequeño grupo de 8 o así, en un autobús directo hacia Alepo. Me di cuenta de que tenía un estatus especial, revisaron y supervisaron a los locales, pero no a los extranjeros. En esa época casi no había turistas y me sentí especial.

Mi primera parada fue la ciudad de Alepo. Me impresionó mucho su espectacular ciudadela sobre una colina, considerada una de las más antiguas del mundo. Parecía una nave espacial gigante de piedra que aterrizó encima de una colina redonda. Para entrar a la ciudadela a través de una enorme puerta de piedra, tuve que caminar sobre una escalera monumental por encima de un antiguo canal, actualmente sin agua. Fuera de la Ciudadela, numerosas calles curvas forman un gran laberinto conformando un Zoco cubierto y oscuro (mercado), con un patio rectangular, el de la Mezquita Central. Pintorescos pueblos y ruinas antiguas, igual que hermosas esculturas mesopotámicas y elegantes antiguos templos griegos y romanos rodearon la ciudad. Había tantos sitios impresionantes que era difícil elegir.

Recuerdo muy bien un pueblo auténtico cerca de Alepo, donde la gente todavía vivía como en los viejos tiempos. Cientos de casas de barro en el medio del desierto, habitadas por gente simpática y sus animales. Me invitaron dentro de una casa para charlar mientras disfrutaba de un té caliente. La gente era muy amable y educada, me sentí privilegiado por estar ahí. Sus casas no tenían muebles en absoluto, sólo unas alfombras coloridas en las que trabajaban, comían y dormían.

En mi último día en Alepo conocí a un joven historiador del arte sirio e investigador de postgrado que trabaja en Holanda. Se ofreció a guiarme por el desierto a cambio del viaje a Palmira. Me habló sobre el rico patrimonio del país y de la crueldad del régimen. Según él, en Siria estaba prohibido cualquier tipo de protesta política y sus participantes desaparecían misteriosamente.

El camino a Palmira pasa por un hermoso desierto atravesado por el río Éufrates, con oasis y antiguas fortalezas abandonadas. Cerca de la carretera pude ver grupos de tiendas de campaña y carpas, donde viven los nómadas modernos. Situada en el medio del desierto la ciudad de Palmira da una sensación de aislamiento, está a horas de distancia de cualquier zona urbana. Las ruinas son enormes, impresionantes y en buen estado, dándonos una idea de la importancia del lugar a través de los siglos. Lo que más me impresionó fueron las tumbas romanas verticales, que según mi compañero guía eran únicas en el mundo.

La última parada de mi viaje a Siria, la ciudad más antigua del mundo, Damasco, tampoco me decepcionó. Mi hotel era un pequeño palacio en una calle auténtica, que rodeaba un patio encantador, lleno de fuentes y plantas. Cerca del casco antiguo hay varios de esos magníficos palacios. La compleja estructura del casco antiguo consiste en un Zoco, iglesias, mezquitas, un hammam, palacios y patios. La joya del arte islámico sentada majestuosamente en su centro: la Mezquita de los Omeyas. En su interior los peregrinos oran en filas, sentados en el suelo, descansando, charlando, o simplemente contemplando su belleza. Al mismo tiempo los niños corren por todas partes, mientras que las palomas vuelan por encima de ellos. Decoraciones ornamentales espectaculares cubren la mezquita complementando un magnífico patio con peristilo. Perfecto para relajarse, descansar y disfrutar de un lugar tan atmosférico, lejos del jaleo de la ciudad.

Nunca había estado en un país con un tráfico tan caótico, donde los accidentes son parte de la vida cotidiana. Además, nunca había visto una ciudad tan sucia y maloliente, pero tan llena de vida, colores, olores y sonidos. Algunas personas eran increíblemente hospitalarias, ofreciendo té con una sonrisa, sin querer nada a cambio, mientras que otros eran muy groseros, constantemente presionándome para que compre sus mercancías. No tenía ninguna interacción con mujeres, parecían estar completamente excluidas de la vida pública. Me hubiera llevado una mejor impresión si no fuera por la forma en que trataban los animales. No pude evitar pensar que tal vez se trataban así entre ellos. En varias ocasiones fui testigo de maltrato a animales. Con un palo golpeaban a sus camellos y burros en la espalda, las piernas e incluso la cara, los pobres animales acabando heridos gritando. Simplemente no podía aceptar el abuso y cuando les dije que no les trataran así, me ignoraron e incluso me pusieron mala cara.

Lo que más me fascino de Siria fue la autenticidad de su gente, podía sentir quien era una persona genuina y quien no. Para mí, las miradas, los gestos, las voces y el lenguaje corporal expresan mucho, sentí que era parte de esa vida solo estando ahí. Lamentablemente, he escrito este texto en tiempo pasado porque la mayor parte del patrimonio no está, destruido por las mismas personas que una vez conocí, tanto víctimas como autores de su propia desgracia. Espero que este texto junto con algunas fotos ilustren la belleza de este fascinante país y tal vez te ilustre lo que sentí. También espero que la violencia actual pronto llegue a su fin, y tal vez, sólo tal vez todos aprendamos una lección.

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